Hace unos meses me encontré con un discreto y magnífico ejemplo de arquitectura industrial en una estrecha calle de Barcelona. Se trataba de un garaje de dos plantas entre medianeras. La fachada consistía en unas bandas horizontales de hormigón visto alternadas con ventanas modulares con un atractivo vidrio esmerilado en vertical. Siendo una construcción sobria y básica, este ejemplo de arquitectura industrial me pareció exquisito en su composición y en la combinación de los dos materiales: la rudeza y sinceridad del hormigón visto y la delicadeza de unas carpinterías finísimas con módulos pivotantes.
¿No podríamos detenernos más en el atractivo de estas arquitecturas industriales y dejarnos de maquillajes costosísimos? Gastamos millones en ver quién hace la curva más difícil o quién aplica el material más inverosímil. Muy a menudo parece que hemos perdido la cordura cuando, en realidad, la mejor arquitectura suele ser la más sencilla, la más funcional y la más honesta. Como las personas, cuanto más ruido y apariencia transmite, menos entidad alberga.
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